jueves, 13 de marzo de 2008

IN MEMÓRIAM (III)

¡Madre mía, qué día el de ayer! Como supongo que ustedes ya nos van conociendo, no les sorprenderá saber que ayer fue para nosotros un puro sin vivir, pues en la radio escuchamos, de buena mañana, que ya había un ganador elegido por el pueblo soberano. No les quiero ni contar el desconcierto en que caímos al creer que nos habíamos equivocado de día. De todas formas y por si acaso, sufrimos una regresión al pasado y volvimos apresuradamente al cole, por ver si algo podía aún hacerse, más no caímos en la cuenta de calzarnos adecuadamente y por eso nos presentamos con las zapatillas de andar por casa, detalle que fue muy comentado.

Después de presentar en regla los deberes nos fuimos a pasar la mañana al campo, aprovechando la casualidad de llevar encima la tartera con la tortilla de patatas y los pimientos fritos incluidos, tal y como debe ser. Más ¡ay! al cabo de una hora casi salimos todos volando, pues levantóse de improviso un vendaval tal, que perdimos para siempre el mantel de cuadros propio de las escapadas al campo.

De vuelta en casa, sanos y salvos, escuchamos en la tele, no sin cierto orgullo, que todavía no había un ganador claro, hecho que se debía sin duda a nuestros tardíos, aunque efectivos votos. Con esta alegría en el cuerpo, nos fuimos a echar la siesta, y que nos supo a gloria, oiga, al tener la conciencia tranquila. Al despertar (cuatro horas después), cuál no sería nuestro asombro al contemplar la especie de locura colectiva que se había desatado en todas las cadenas televisivas, al no saber los “recuestantes” por dónde andaban.

Ya por la noche, tras nuestra habitual y frugal cena de sardinillas en aceite, nos dispusimos, mando en mano, a pasar una noche de jolgorio y alboroto, más ¡ay! de nuevo, lo que en la tele vimos nos dejó en estado de patatús continuado: todas las cadenas tenían ya un ganador – pero ¿no lo tenían desde por la mañana?- y disponían, además, de un sinfín de analistas cuya misión consistía en explicarnos las cosas, burros natos como somos.

A mi personalmente me dio mucha penita que los Niños de San Ildefonso hayan pasado, tan jovencitos, a engrosar las filas del paro, ya que fueron sustituidos por una elegante señora de rojo que no paraba de cantar los números premiados, y que lo hacía un poquito mal, tal vez a causa de los nervios provocados por esta su nueva misión.

Luego apareció por allí el mismísimo Niño Jesús con una sonrisa de oreja a oreja al saberse ganador del sorteo que lleva su mismo nombre. La sonrisa se nos borró cuando inició su discurso IN MEMÓRIAM. Pero luego ya juerga y alboroto, además de una seria preocupación por no sé qué niña, desaparecida en combate.

Más de rogar se hizo Papá Noel, pero cuando por fin asomó, lo hizo desde tan alto, tan alto, que no me extraña nada que prometiera estar a la altura, pues en las alturas estaba. Me llamó la atención Mamá Noel, primero porque no sabía que existiera, y segundo al ver su esfuerzo por no llorar. Los fans de Papá Noel no dejaban de gritar “a por ellos, a por ellos”, cosa que a mi me produjo cierto repelús.


De las alturas a las bajuras, vimos a otro barbado señor asumiendo personalmente su derrota, pero acusándonos a todos de ser responsables de la misma, al haber provocado, ni más ni menos, el maremoto que se lo llevó por delante. Me cuentan que ahora va a dedicarse a las previsiones meteorológicas al renunciar a su anterior empleo. El mismo señor asumió una vez más su derrota, pero siguió tantas veces con lo del maremoto, que acabamos todos mareados.

Luego ya los encargados de explicar al pueblo ignorante lo que había pasado, y siguieron con sus patatines y sus patatanes para llegar a la conclusión de siempre: nadie había perdido, todos habían ganado. Lo cierto es que, en toda la noche, sólo vi a un señor, cuyo nombre ignoro, asumir la derrota de su equipo (2-1, creo) sin echar la culpa a imprevistos temporales. Para que luego digan que los catalanes no hablan claro.

En resumen, que fue un día muy intenso, con sus raticos amodorrantes con tanta cifra para arriba y para abajo. La conclusión que sacamos, después de todo, fue que había en realidad dos ganadores claros: el señor Zapatero (vulgo Niño Jesús) y el tal llamado Chiquilicuatre y su baile Chikichiki, representante español en las próximas elecciones europeas. Y es que yo tengo clarísimo que el día que Buenafuente se presente él mismo, o alguno de sus colaboradores a las elecciones nacionales, ganará por goleada.

En fin, señoras y señores, buenos días y buena suerte para aguantar el chaparrón que se nos vendrá encima al ser responsables todos de lo uno y de lo otro. Por desgracia, hay ya demasiada gente que no puede decir nada. A todos ellos, IN MEMÓRIAM.




María Bueno Olivares. 10 de marzo de 2008